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Ese castillo de relojes y paredes de Dalí nos espera altivo, irónico, queriéndonos tener dentro para que no veamos lo que no podemos comprender desde fuera.

La Iglesia de San Nicolás se hiergue majestuosa sobre la perspectiva de la calle Ujezd.

Algunos edificios en Praga se doblan en curvas como las del tranvía, se ciñen sobre sí mismos para reflejar una ciudad de acero como un telón que después de caer muestra una habitación vacía con música de futuro sobre una partitura de alguna ópera olvidada.

Los tranvías en Praga tienen preferencia de paso sobre los peatones. En su incesante trajín suturan las huellas del tiempo hasta convertir sus trayectos en los únicos caminos que nos sustraen de la ensoñación de una realidad mágica. Pero, una vez subidos a ellos, ¿nos secuestrarán de nuestra propia verdad, nos sumergirán en los otros mundos paralelos de esta ciudad?

El edificio del omnipresente banco KB, moderno en su postsocialismo octogonal, contrasta con la melancolía de un clasicismo romántico de un imperio conquistado por sus obreros.

Los tranvías en Praga son inexorables. Marcan el tiempo y la vida de la ciudad con una frecuencia tal que el corazón de todos los praguenses se pararía si uno sólo de sus tranvias lo hiciera.

Es el día 16 de marzo de 2007, sobre las 8 de la mañana. Mi primer paseo por la ciudad en solitario (M. se había quedado durmiendo) tras el confortable desayuno en el hotel. Es una sensación muy especial la de caminar sin rumbo fijo por una ciudad desconocida, desmadejando un hilo en tu mente que luego te permita desandar el camino hasta el hotel, te sientes tan solo entre esas calles que se desdoblan, entre esas palabras incomprensibles para ti, que te sabes invencible.

Desde el mirador que hay en la explanada a las puertas del Castillo. Se ven los tejados y las cúpulas de Praga. Vale la pena echar unas fotos desde allí.

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